Pensad que sois un historiador de un futuro cercano que busca conocer los orígenes y evolución del videojuego, la forma de ocio más relevante del siglo XXI. Por ello deseamos tener contacto de primera mano con uno de los juegos más relevantes en la industria, el primero que demostró que podríamos estar ante un entretenimiento de masas: PONG. Para encontrar una de las recreativas originales es necesario cruzar el charco, así que optamos por otra solución, jugar a la versión de consola Atari 2600.
Sin embargo, en esta época son muy pocas las Atari 2600 en estado de correcto funcionamiento. De las pocas que quedan algunas ya no leen los cartuchos por problemas en los conectores y a las que no les faltan los cables sencillamente no arrancan. Nuestra tarea de ser testigos de la historia del videojuego se complica, hasta que nos enteramos de que hay un museo en Barcelona que aún tiene una máquina en perfectas condiciones. Una vez allí debemos firmar un acuerdo en el que nos hacemos responsables de los desperfectos ocasionados al aparato. Tragamos saliva y con nerviosismo encendemos la consola, conscientes de que vamos a ver historia viva.
Esta situación que he descrito es perfectamente plausible, y es un hecho reconocido que algún día tendremos muy serios problemas para acceder al material publicado décadas atrás por culpa de la escasez y la mala conservación del hardware original. Porque el software puede copiarse con extrema facilidad (las empresas que lo crean lo saben demasiado bien), pero tener la máquina que lo ejecuta es otro cantar. No podemos permitir que este acervo cultural se pierda para siempre, por ello la Unión Europea tiene un plan en mente que busca solucionar el problema: la construcción del emulador universal.


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